CENTRO DE ASESORÍA, CAPACITACIÓN E INVESTIGACION URBANA

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Viviendas afectadas tras los sismos de septiembre

 

El mes de septiembre de 2017 fue uno de los más sombríos desde 1985. El día 7 se registró un sismo con una magnitud de 8.2 en la escala Richter cuyo epicentro fue localizado en Pijijiapan, Chiapas. La sociedad aún no se recuperaba de la conmoción cuando un nuevo sismo, el 19 de septiembre, sacudió el centro del país, con 7.1 su epicentro se encontró en Axochiapan en el estado de Morelos. El movimiento telúrico trajo a la mente conocidas escenas de edificios colapsados, la impresionante solidaridad de la sociedad civil y el aletargamiento del gobierno, por no hablar de los cercos militares; sin embargo, no queda duda que, al igual que en 1985, una de las afectaciones más sentidas por la población fue presenciar el derrumbe de sus hogares, materializado en viviendas que, de alguna u otra forma, habían construido

 

Hasta diciembre, el portal de transparencia de SEDATU muestra que el censo de viviendas dañadas registró un total de 171,925 viviendas en 6 estados: Chiapas, Ciudad de México, Guerrero, Estado de México, Morelos, Oaxaca y Puebla. La mayor afectación se encuentra en el estado de Oaxaca al reportarse 65,044 viviendas dañadas, lo que representa el 38% del total registrado hasta ese momento. El segundo estado con mayor número de viviendas es Chiapas al contabilizar 46,773. En suma, en estos dos estados, considerados entre los más vulnerables del país, se ubica el 65% de las viviendas dañadas. En el caso de la Ciudad de México, las casas con afectación ascienden a 5,974.

 

 

En la mayor parte de las viviendas dañadas, 42%, vivían 4 personas. Por otro lado, las casas donde residían 5 habitantes conforman el 33% del padrón. En el 95% de las viviendas oaxaqueñas afectadas había 4 habitantes; en Chiapas las casas que contaban con 4 habitantes ascienden a 54%. Finalmente, en la Ciudad de México, en el 38% de las viviendas afectadas contaban con más de 5 habitantes, que representa el mayor porcentaje de las viviendas dañadas por número de habitantes. Tomando en cuenta que, de acuerdo a la Encuesta Intercensal de 2015, existe un promedio de casi 4 habitantes por vivienda, los datos parecen congruentes, pero dos detalles llaman la atención: por un lado, en el caso de Oaxaca el porcentaje es bastante alto (95%), por otro, en la Ciudad de México las viviendas que contaban con más de 5 habitantes por vivienda son las más afectadas. Sin conocer más detalles del censo y sin profundizar el análisis (que excede los límites del presente artículo), es imposible plantear explicaciones; sin embargo, queda para futuras reflexiones.

 

 

El último punto a revisar es el tipo de afectación. Del total de viviendas dañadas, el 35% tienen pérdida total, mientras que el resto se reconoce como daño parcial. En la Ciudad de México el 39% están en esta condición, en Chiapas se reconoce un 30% de viviendas totalmente perdidas, mientras que en Oaxaca las pérdidas totales son del 41%, porcentaje mayor al promedio. De acuerdo a estos datos proporcionados por SEDATU, el monto total de apoyos para las viviendas es de 8.9 mil millones de pesos, este monto está distribuido en 1.6 mil millones para las viviendas con daño parcial y 7.2 mil millones para aquellas que se perdieron totalmente. En visitas de campo, Casa y Ciudad, A.C. ha encontrado que muchas viviendas, con diferente tipo de daño, no están registradas en el censo y, en consecuencia, no recibirán ningún tipo de apoyo. En otros casos están catalogadas como daño parcial cuando deberían considerarse como pérdida total. En fin, los datos que arroja el censo muestran un panorama muy grave para la vivienda, incluso equivalen al total de viviendas nuevas construidas en 2016 (según la SEDATU); sin embargo, el trabajo en las colonias y comunidades muestra una afectación mayor en términos materiales, pero, sobre todo, en el impacto social puesto que son justamente las comunidades más vulnerables; es decir que aquellos que construyeron sus viviendas con sus propios recursos e incluso con sus propias manos son quienes resintieron los mayores efectos del sismo. Esta última situación debería ser un llamado para atender las necesidades bajo una perspectiva social, de colaboración y construcción comunitaria, más que de lucro, clientelismo o asistencialismo